15.7.06

CRISIS AMBIENTAL, CRISIS ANTROPOLÒGICA

Tema Univesidad de La Plata


CRISIS AMBIENTAL, CRISIS ANTROPOLÒGICA


No había sucedido en la historia de la humanidad que el conocimiento científico y tecnológico de una parte de la misma, tuviera un papel de primordial importancia en el desarrollo de una civilización así como sucedió –con sorprendente rapidez- en el siglo pasado con las sociedades industriales.
Los cambios que la ciencia y la tecnología aportaron a nuestra vida cotidiana son numerosos y de considerable dimensión; basta pensar en las mejoras de las condiciones higiénico-sanitarias, al incremento de la producción alimenticia, a las recientes posibilidades ofrecidas por los medios de transporte y de las telecomunicaciones. Las invenciones que nacieron de ella han mejorado considerablemente algunos aspectos relativos a la calidad de nuestra vida y nutrieron la transformación de nuestros sistema social.
Lamentablemente el mismo desarrollo científico y tecnológico operado por el hombre contemporáneo, fue también el motor de algunos cambios fuera de la esfera antrópica que a su vez, quedó inevitablemente involucrada. Cambios que comprometieron nuestro habitat global y que hoy identificamos como alteración de los equilibrios climáticos, modificación de la composición química de la atmósfera, disminución rápida de la biodiversidad, etc. Signo de una relación entre persona humana y naturaleza que ya perdió el equilibrio que la había caracterizado durante siglos.

1. Crisis ambiental
Con la naturaleza, hemos tenido una relación característica en cada período histórico de la civilización humana, desde el paleolítico, hasta la era industrial. Siempre nos hemos sentido parte de la naturaleza, pero una parte especial, capaz de reflexionar para conocerla en sus secretos, capaz de contemplar sus bellezas, de actuar sobre ella transformándola para satisfacer nuestras necesidades.
Lo que caracteriza hoy a hombres y mujeres de las sociedades industriales es experimentar la capacidad de dominar sobre un número cada vez mayor de eventos naturales y sentirse globalmente cada vez más dueños de la naturaleza, capaces de ejercer sobre ella un verdadero dominio.
En el cuadro cultural de una difundida concepción funcionalista y utilitarista, la naturaleza se ha vuelto un objeto en nuestras manos, que la ciencia explora y la tecnología somete. De esta manera, en las culturas de pueblos industrializados, la naturaleza ha ido perdiendo su autonomía en las relaciones que la unen a la persona humana y por lo tanto su pleno significado. Asistimos a ese fenómeno conocido como deshumanización de la naturaleza en el cual se alteran y se pierden las relaciones originales que unían a la persona humana con la naturaleza.
Al mismo tiempo, viviendo cada vez más en un ambiente artificial y cada vez menos en contacto con la naturaleza, nos descubrimos cada día más afuera del contexto natural y más empobrecidos en nuestra identidad: estamos sujetos a una desnaturalización de la persona.
Si en el pasado la relación entre persona y naturaleza fue una relación armoniosa y a menudo de colaboración, hoy asumió una configuración crítica y en muchos lugares acertadamente sentido como un problema ético.
Configuración crítica a la que se le da el nombre de crisis ambiental.
Con esta expresión quiero significar el deterioro de la relación entre sociedad humana y ambiente natural típico de los países industrializados, pero que ya se está extendiendo a todas las latitudes.
Comenzamos a comprender –aunque no sin dificultad- que esta crisis no es un problema pasajero, que se pueda resolver con simples medidas técnico-científicas, económicas o políticas, sino más bien un problema de fondo de las civilizaciones tecnológicas, un problema estructural de las sociedades industrializadas, un problema de no fácil solución y que cuestiona seriamente el estilo de vida de las poblaciones más ricas.
La crisis ambiental no tiene fronteras. Se caracteriza por ser un problema transnacional (implica a toda la humanidad) y transcultural, es decir que no se resuelve dentro de una cultura en particular.
Pero la crisis ambiental nos conduce a una crisis más profunda que implica a la persona humana en su integridad, es una crisis antropológica, crisis ética. Es la campanilla de alarma de una profunda crisis antropológica en cuando es hija de una precisa concepción del hombre moderno, un hombre que en la búsqueda de su propia autoafirmación se autodefinió dueño absoluto de la naturaleza y de su propio destino.
La crisis ambiental puede ser interpretada como: insustentabilidad, como injusticia social y como decadencia de la calidad de vida.


1.1. La crisis ambiental como insustentabilidad.
En el curso de su historia, la especie humana creció en su población y si expandió colonizando nuevos espacios en el planeta. Ecológicamente hablando somos una especie con éxito. Sin embargo con los ritmos actuales de la actividad humana sobre el ambiente este boom está destinado a durar poco. En los muchos informes sobre el estado del ambiente terrestre – aun con toda la crítica que se le pueda hacer con respecto a su capacidad provisional- esta proyección alarmante sobre el futuro emerge con claridad.
Hoy un interesante tentativo para medir el impacto de una sociedad humana sobre un determinado territorio está dada por la huella ecológica. Esta se deduce de la confrontación entre el consumo de la población en un determinado territorio y los recursos biológicos y energéticos disponibles en el mismo. Esto permite una evaluación del consumo de capital natural de parte de una comunidad.
En el caso de mi país, Italia, se estima una marca de 4,2 hectáreas por habitante frente a una disponibilidad de terrenos biológicamente activos iguales a 1,3 hectáreas por capite. El déficit por habitante es notable (-2,9). Lo que significa que Italia no logra garantizar el servicio ecológico con solo los recursos dentro de los confines nacionales.
También un país rico en bienes naturales como los EEUU, tiene un déficit ecológico de 3,6 hectáreas por habitante, aunque disponga nada menos que de 6,7 ht de bioterreno por habitante. La razón de este déficit es fácil de intuir: los norteamericanos consumen una cantidad enorme de bienes y energía, que traducida en términos de “huella ecológica” es igual a 10 he /hab.
La huella ecológica media de la humanidad es de 2,8 he de espacio ecológicamente productivo, pero en realidad el planeta tiene únicamente disponible 1,7 he. Esto significa que la huella media supera en un 35% el espacio disponible. Lo que significa que el consumo de la humanidad es superior a lo que la naturaleza está en grado de regenerar sobre una base continua. Así la humanidad está reduciendo su propio capital natural.

1.2. La crisis ambiental como injusticia social
En promedio, un habitante del Norte del mundo consume una cantidad de recursos naturales 10 veces superior a la de un habitante del Sur. Además el primero tiene necesidad de mucho más espacio para eliminar los residuos de loq que consume.
La huella ecológica muestra una representación despiadada de este equilibrio. Los países con mayor déficit ecológico no son los más densamente poblados.
A través del gráfico podemos deducir 3 categorías de países:
a) países ricos tanto por ambiente como por recursos financieros (por ej. Australia y los países Escandinavos.
b) Países ricos en recursos financieros y con un alto déficit biológico. Suiza, USA, Japón, Italia, Corea, Gran Bretaña, etc.
c) Países ricos en ambiente pero no en recursos financieros, con una capacidad biológica superior al propio consumo. Argentina, Brasil, Perú, Colombia....etc.
Surge espontáneo preguntarse: ¿adonde y cómo los países en déficit encuentran los recursos naturales que consumen? Evidentemente los importan. Aquí entra en juego el impacto social y ambiental producido por el comercio de materias primas.
Quien posee el poder financiero puede acceder a los bienes naturales distribuidos en países de economía débil con gran facilidad, pagando un precio ventajoso para su propio provecho. De este modo se genera una espiral poco equitativa: las empresas multinacionales son cada vez más fuertes a nivel comercial y financiero, en cambio en los países de economía débil las empresas locales y los trabajadores son cada vez más débiles y explotados. En esta situación los bienes naturales que poseen los países del Sur se transforman en mercadería de intercambio: se pueden vender sin graves ni inmediatas consecuencias sobre la población. Es el damping ambiental: es decir, liquidación de bienes naturales en cuanto privados de medidas que los protejan. Junto a esto se desarrolla el damping social: los bienes naturales cuestan poco porque el personal experto para extraerlo o para la primera transformación, recibe salarios mucho más bajos y sin cobertura previsional.
Importando a precios tirados, porciones virtuales de superficie terrestre, los países con elevado déficit biológico están en condiciones de consumir mucho más de lo que ofrece su territorio.

1.3. La crisis ambiental como decadencia de la Calidad de Vida.
La expresión calidad de vida indica un bienestar humano que va más allá de los parámetros económicos como la renta por capite y la cuota de ahorro. Esta se refiere al estar sanos como al sentirnos bien.
Con respecto a la salud humana, la crisis ambiental causó la aparición de nuevas enfermedades y el aumento de algunas ya detectadas. Las partículas pulverolentas, sutiles, provocan un aumento de mortalidad en sujetos que padecen otras enfermedades. Un reciente informe de la Organización Mundial de la Salud (junio 2006) refiere que en Italia mueren cada año alrededor de 8.000 personas por partículas sutiles, en Milán en particular, 1 persona al día.
Un segundo aspecto de la calidad de vida se refiere a la aritificialización en la que estamos sumergidos. Sin duda vivimos más en un ambiente artificial, sin embargo ¿vivimos mejor? Nuestro “bienestar” debido a la cantidad de bienes que poseemos está minado por la ausencia de algo. Este es un déficit difícil de cuantificar del cual la gente de nuestro tiempo tiene clara conciencia. A este sentido de vacío contribuye sin duda una ausencia de contacto con la naturaleza y por consiguiente la pérdida de sus ritmos.
Hemos transformado tanto el ambiente natural que ya se perdió el rastro de su dimensión originaria, y ahora estamos en una fase de rechazo: estamos a la búsqueda de ambientes intactos, testigos en cierto sentido de la naturaleza primigenia. Buscamos un contacto no invasor, respetuoso de la armonía del cosmos.
En definitiva, estamos a la búsqueda de una naturaleza no transformada, con el fin de afirmar una alteridad con respecto a nosotros. Una diversidad de la que tenemos una oprimente nostalgia. La naturaleza con su equilibrio y con su exuberante manifestación de formas de vida se pone como alteridad, en esa pureza en la que inconscientemente queremos reflejarnos.
Todos nosotros buscamos sumergirnos en ella para vivir plenamente su significado simbólico. La exigencia más profunda de hombres y mujeres que viven en ambientes totalmente artificiales no es tanto la de apreciar los bienes naturales, también, sino sobre todo vivirlos desde adentro, porque también ellos se sienten parte de la naturaleza.

Todo esto nos hace comprender que la crisis ambiental no puede ser superada simplemente con medidas exclusivamente técnicas, científicas, económicas, ya que esta crisis radica en algunas orientaciones del espíritu humano que condujeron la civilización occidental hacia determinados valores y categorías. No se podrá tener un verdadero cambio sin la corrección de estos valores y categorías.
En el centro de la transformación tendrá que estar, indudablemente, el concepto de naturaleza, ya no más entendida como esfera de lo no humano, sino como totalidad del mundo físico que incluye a los seres humanos. Es decir, la relación entre persona humana y naturaleza tendrá que ser definitivamente formulada de una manera distintas de cómo hoy la consideramos en la cultura de Occidente.

Hoy en día la conciencia de que los daños causados a nuestro habitat natural amenazan cada vez más las bases de la vida, generan sentimientos de angustia, resignación e impotencia, pero impulsan también a reaccionar contra las consecuencias de un desarrollo socio-económico conducido únicamente por una razón utilitarista. Se está formando –aunque lentamente- la conciencia que para todos llegó el momento de aprender a dominar nuestro dominio sobre la naturaleza.
Pero aprender a dominar el propio dominio sobre la naturaleza no será algo fácil porque la crisis actual de la relación hombre-naturaleza evidencia la incapacidad del hombre contemporáneo de conducir contemporáneamente su creatividad y la valoración de la naturaleza. Son dos aspectos que en la cultura actual son vistos en contraposición, en cuando si se da espacio libre a la creatividad humana la naturaleza es la que sufre las consecuencias –basta pensar en el impacto ambiental que causó el desarrollo tecnológico- y si se quiere preservar a toda costa la naturaleza de las obras del hombre, la creatividad del hombre quedará mortificada.
Valorización de la naturaleza y creatividad humana resultan hoy antagónicas entre sí, ya que a menudo la creatividad humana no está impregnada de valores fuertes sino guiada y condicionada por un modelo de desarrollo socio-económico con un fuerte déficit antropológico: no centrado en la persona humana y en esos valores de la que es portadora, sino más bien sobre la utilidad.
Nos orientamos necesariamente hacia un cambio de paradigma.

2. La sustentabilidad como nuevo paradigma.
Ya es incontrovertible el hecho de que las sociedades industriales no pueden mantener sus actuales exigencias de desarrollo sin un agravamiento irreversible de la crisis ambiental. Por eso es inevitable que la crisis ambiental adquiera –espero que en poco tiempo- un gran relieve político. Tendrá que llevar necesariamente a la sustitución del paradigma en el que se basó hasta ahora la civilización moderna (el utilitarismo económico) reemplazado por el paradigma de la sustentabilidad.
En ese punto la buena política será la que salvaguardará en modo global el habitat terrestre en el que vivimos y no la capacidad que garantiza el desarrollo cuantitativo de la economía con la satisfacción de las necesidades más raras, ni una política que persiga la identidad cultural de un pueblo a perjuicio de los demás.
Si nuestro futuro es incierto y el nuevo paradigma es reconocible a grandes líneas, solamente la recuperación de un pasado transfigurado puede darnos la fuerza necesaria para dedicarnos al arduo trabajo de elaborar el nuevo paradigma.
Solo el conocimiento de un mundo distinto del de hoy, pero que existió realmente, puede ayudarnos a captar, objetivamente, las carencias de nuestro tiempo. Sin quitar la mirada hacia el futuro, será el pasado quien nos podrá ofrecer este conocimiento. Hoy más que nunca si alguien no está anclado en una tradición cultural no estará en condiciones de organizarse un futuro mejor.
Quisiera leer algunos párrafos de una carta que el jefe indígena de la comunidad Duwanish, envió al presidente de EEUU Franklin Pearce, en 1854, en respuesta a su pedido de vender todas las tierras de los nativos con excepción de la reserva. La carta es un documento que atestigua la afirmación del actual paradigma económico-utilitarista y muestra los signos vitales de una civilización que en nombre del progreso fue destruida.
“El Gran Jefe que está en Washington nos manda a decir que quiere comprar nuestra tierra. (...) Pero cómo pueden comprar el cielo, el calor de la tierra? Esta idea es rara para nosotros. Nosotros no somos dueños de la frescura del aire y del centelleo del agua: ¿cómo pueden comprarlos ustedes? Cada parte de esta tierra para mi pueblo es sagrada (...) Nosotros somos parte de la tierra y ella es parte nuestra. Las flores perfumadas son nuestras hermanas. El ciervo, el caballo y el águila son nuestros hermanos. (...) Pero tal vez yo soy un salvaje y no comprendo. (...)
Nosotros les venderemos esta tierra que amamos como el recién nacido ama el latido del corazón de su madre. Y ustedes ámenla como la hemos amado nosotros. Cuídenla como la cuidamos nosotros, consérvenla para los hijos y ámenla como Dios nos ama a todos”.
Al año siguiente las tierras fueran invadidas por mineros y colonos.

* * *

Referido al aspecto ético podemos afirmar hoy frente a los problemas que nos pone la crisis ambiental, que se requiere una seria reflexión sobre el obrar humano.
El obrar humano se presenta como causa de los problemas ecológicos y al mismo tiempo como lugar y medio necesario para su misma solución. De aquí nace la importancia de una reflexión ética ya que la crisis ambiental nace y se identifica con el obrar mismo del hombre en la naturaleza.
Pero el aspecto ético es simplemente un componente de un problema más articulado y complejo como el de la relación entre persona humana y naturaleza.
Creo que una relación tal renovada y adecuada al hoy pasa necesariamente a través de la recuperación del significado de las relaciones que non unen a cada uno de nosotros con la naturaleza misma. Y ¿cómo es posible esto? ¿cómo podemos fundar un correcto ethos ecológico?
Estos interrogantes son un desafío para el hombre contemporáneo que después de haber alejado –sin eliminarlo- el espectro de un holocausto nuclear del género humano por la contraposición de los bloques militares entre Este y Oeste, ahora encuentra en la crisis ambiental un nuevo problema decisivo para el futuro de la humanidad.
Pero estos interrogantes son un nuevo desafío para recuperar en su propio territorio esas tradiciones que culturalmente marcaron el pasado pre-industrial de nuestros pueblos para poder descubrir elementos vitales de una relación con la naturaleza rica de significados.
Elementos vitales que en su riqueza simbólica, sapiencial, religiosa, artística, todavía hoy pueden ser de luz para recuperar, dentro de una sociedad tecnificada, el significado de las relaciones que nos unen con la naturaleza.
Proyectar y realizar el paradigma de la sustentabilidad es uno de los desafíos culturales más grande y urgente que se presenta en nuestros días. Hace falta adquirir la conciencia que no son suficientes las opciones positivas de parte de individuos o de naciones, sino que se necesitan cambios estructurales en la economía mundial para permitir que nuestro modelo de desarrollo sea “sustentable”.
Pero esto no será suficiente si no adquirimos una nueva sensibilidad al bien común y a la fraternidad universal, y si r una parte considerable de la población mundial no emprende un cambio radical en su propio comportamiento consumista.
Lograr una empresa de ese tipo, representará un vuelco epocal en la sociedad humana con sabor revolucionario y comparable –en su proyección - sólo con la revolución neolítica y la revolución industrial. Pero, mientras estas dos revoluciones fueron graduales, espontáneas e inconscientes, la de la sustentabilidad tendrá que ser necesariamente una operación rápida, totalmente consciente e inspirada por valores fuertes.
Una operación que solicita y exige ella misma un modelo antropológico –para la mayoría todavía inédito- en el que se pase de una óptica predominantemente individual a una óptica de común-unión, de una óptica de grupo limitado a una óptica de familia humana global. Y aquí cada tradición cultural auténtica, está llamada a dar su propio aporte.
Enviado por Dami Rueda